Cap 01–Piloto

New
Algo respira en la oscuridadBy Cyang&Papaya
Horror
Updated Apr 18, 2026

Atención:

El protocolo de seguridad del artículo 49 ha sido violado en el ala oeste de las instalaciones.

Atención:

Según el protocolo de contingencia del artículo 49, todos los activos disponibles y en inmediaciones deberán responder al llamado de forma igualitaria.

Atención:

Repórtese con su superior al mando, acordonen la zona y establezcan un área de cuarentena.

Atención:

Debido a la irrupción en los sistemas eléctricos y de ventilación, el suministro inteligente ha establecido un racionamiento automático. Tiempo de duración del depósito: 3 horas.

Atención:

Irrupción en ala norte, sur, noroeste. Todas las fuerzas operativas presentes y en inmediaciones deberán atender inmediatamente al llamado. Cualquier intento de desacato o rehusó será asimilado como una deserción por la alta comisión militar en funciones.

Atención:

Suministros de energía reducidos a menos del cincuenta por ciento. Apagón masivo y sistemático en instalaciones por tiempo indefinido.

Atención:

Esto no es un simulacro. Repito: Esto no es un simulacro. Que Dios los ampare a todos.

A sus puestos.

Un estallido seco y brutal rompe el aire—¡BOOM!—una onda expansiva que no solo se oye, sino que golpea el pecho, como si comprimiera el mundo por un instante. El sonido reverbera, se estira en ecos metálicos y fragmentados, como si todo alrededor estuviera vibrando y desmoronándose al mismo tiempo.

Luego, de forma abrupta, todo cae.

Un vacío pesado sustituye al estruendo. El ambiente queda envuelto en un zumbido grave, casi eléctrico, como si la energía del lugar hubiera sido drenada de golpe. Es un silencio que no es realmente silencio, sino una presión baja, constante, que aplasta los oídos y desacelera la percepción del tiempo.

Y entonces, a lo lejos—pero acercándose—aparecen las sirenas.

Un uuuu-aaaaa, uuuu-aaaaa, agudo y persistente, cortando ese vacío como una advertencia inevitable. Se superponen unas con otras, desincronizadas, creando una atmósfera de urgencia creciente, de caos controlado que se aproxima.

—¡¡Ryjad!!

¡Plass!

Una fuerte bofetada rompe el aire con un sonido seco y ardiente. Eso despertó de manera contundente a un soldado dormido; miraba de forma desorientada todo a su alrededor, mientras las luces tenues y palpitantes que iban y venían se inmiscuyen en sus pupilas de manera invasiva, provocando que se contrajeran.

—¡Que despiertes! ¡Atento, Ryjad!

Fue zarandeado violentamente por los hombros hasta que reaccionó y respiró a fondo, como si hubiera salido de una inmersión profunda.

—¡¿Qué pasa?! —preguntó Ryjad alterado.

—¡Irrupción en la capa nueve, se activó el artículo 49!

Ryjad sentía como el aire volvía a escapar de sus pulmones, como si le hubieran dado un fuerte golpe en el estómago. Era imprevisible. El artículo cuarenta y nueve solo significaba una cosa:

Amenaza por riesgo biológico.

No tuvo tanto tiempo para asimilar la realidad hasta que su compañero lo empujó fuera de la cama. A pesar de su energía, aquel hombre lucía aún más alterado que Ryjad. Sus pasos vacilaban, sus manos temblaban y su voz se agrietaba, como si estuviera presagiando el inicio de algo peor que la muerte misma.

La puerta metálica de la habitación, que era compartida por cuatro personas, se abrió de golpe, dejando escapar un estruendo casi tan ensordecedor como el sonido de las sirenas de emergencia que resonaban de fondo, hasta el punto de retumbar los tímpanos.

Del umbral metálico emergió la figura de un hombre de aspecto mayor y curtido por años de soledad y luchas interminables, que habían forjado un carácter tan duro como la piedra. Cada arruga y cada marca en su cuerpo contaban una historia silenciosa de alguien que ya había observado lo peor del mundo, y por ello se daba el lujo de permanecer inmutable mientras todo a su alrededor se caía a pedazos.

—Ryjad, Kaine, ambos a la planta cero. Su pelotón los está esperando. ¡Ya! —exclamó de manera autoritaria y sin paciencia.

Ambos hombres erguieron sus posturas e hicieron un gesto de saludo militar mientras gritaron al unísono, a medio vestir: —¡Sí, señor!

El superior se fue por el pasillo iluminado de forma tenue e intermitente, pisando fuerte mientras todo aquel que estaba atravesado en su camino se apartaba rápidamente, de manera temerosa.

—Uhm... El sargento está de buen humor hoy, ¿no?

Esa broma ácida recibió una mirada furtiva de su compañero, quien aún permanecía alterado.

—Ryjad, esto no es una broma.

—Solo estoy intentando calmar las tensiones. Relájate, posiblemente solo se agrieto un instrumento químico en los laboratorios inferiores, nada de qué preocuparse.

Le dio unas palmadas en el hombro a Kaine, como si buscara aliviar las tensiones mientras se dirigía hacia el pasillo luego de haberse vestido.

Kaine se apresuró a ponerse ropa hasta el punto de quedar con el pantalón casi colgando de su cintura y corrió detrás de Ryjad, siguiéndolo a duras penas por el tumulto de personas corriendo en direcciones contrarias que congestionaban la única vía de tránsito.

—No... El artículo 49 estipula contaminación biológica crítica. A-además, fué... E-en el ala oeste... A-ahí c-con-conservan los proyectos de alto riesgo —se pasó una mano por la cara para quitar el sudor.

—Veamos a qué nos enfrentamos esta vez.

Dejando la pregunta suspendida en el aire, hasta que un compañero de pelotón que los seguía en la misma dirección la captó.

—Debe ser algo muy serio.

—¿Handel? —preguntó Ryjad, como si hubiera aparecido de la nada.

– Sí... Los estaba siguiendo, es difícil moverse entre tantas personas.

Hizo una breve pausa y luego continuó.

—Para responder a tu pregunta: creo que sí es algo muy grave. Si solo fuera riesgo biológico por vía aérea, nos hubieran evacuado de las instalaciones, pero nos están agrupando —hizo otra breve pausa mientras pensaba, hasta que volvió a mirar a los dos soldados–. Nos están reubicando.

—¿Reubicando? ¿A dónde? —preguntaron ellos al unísono.

– No tengo forma de saberlo. Por favor, cuídense unos a otros.

Finalmente llegaron hasta el ascensor de tamaño mediano, el cual estaba abarrotado hasta casi estallar por personas igual de confundidas y ansiosas que ellos.

Al hacerse espacio, una persona apretó el botón que indicaba piso cero en el tablero metálico con luces LED bordeando los botones.

Las puertas automáticas se cerraron herméticamente, y el silencio abrumador dentro de la pequeña caja cerrada fue interrumpido por el pitido del sistema, indicando el inicio del ascenso. La atmósfera se sentía pesada, como si un miedo irracional estuviera aplastando a más no poder a odos los presentes, y el zumbido electrónico del elevador que aullaba en el demencial silencio en vez de ayudar sólo los ponía con los pelos de punta.

Como si fuera una alarma minuciosa y silenciosa del mismo cuerpo que presagiaba algo.

El zumbido, a su vez, fue interrumpido por un sonido más agradable y humano; un hombre había comenzado a cotillear con sus compañeros sobre la situación que ahora los envolvía a todos por igual.

—¿Un ataque?

—No. Creo que fue una explosión interna. Llevan semanas entrando y saliendo del área oeste, cada científico que entraba en aquel sitio salía pálido y con un horror indescriptible adornando sus caras.

Aunque fue reconfortante escuchar voz humana, el escalofriante relato solo volvía a poner tensos a los presentes. La voz murmurante se oía tan fuerte como una advertencia.

Hasta que alguien más los interrumpió: —Oigan, ustedes, no es el momento ni el lugar para cotorrear. Hagan silencio.

Las voces amainaron apenadas y respondieron: —Sí, señor.

Una vez más, el silencio se impuso, seguido de un sonido de fondo provocado por los motores del ascensor. Todos observaban hacia el frente con miradas solemnes y preparadas; no había nada que sus entrenamientos y simulacros no les hubieran enseñado a afrontar.

¿Verdad?

La luz neutra del ascensor comenzó a parpadear.

Uno de los soldados, hastiado, subió la mirada y observó las lámparas del techo: —¡¿Otra vez?!

Hasta que...

¡Boom! ¡boom! ¡boom!

Tres explosiones consecutivas retumbaron en la estructura, provocando una vibración que avisaba con antelación una zarandeada más violenta.

Instintivamente todos se sujetaron de las paredes hasta que la energía los alcanzó.

El ascensor se estremecía, acompañado del leve crujido del metal y las paredes que parecían estar dilatándose, hasta que finalmente se detuvo.

—¿Ya está? ¿Todos están bi-?

Una fuerte sacudida impactó brutalmente la caja hermética, haciéndola parecer solo una pequeña y frágil caja de juguete, con decenas de vidas a bordo.

Los pies se elevaron del suelo.

Los ojos se ensancharon.

Antes de poder evitarlo, sus cuerpos se pegaron al techo del ascensor.

La fuerza G los aplastaba contra el techo, mientras el ascensor se deslizaba a un abismo de manera estrepitosa. El espantoso chillido de la muerte de los cables de contención y los frenos calientes rasgando el metal hacían sangrar los tímpanos, como si una aguja se les fuera incrustando lentamente.

—¡Ahhhhhh!

De forma contundente, todo se detuvo.

Los cuerpos golpean bruscamente el piso con un sonido sordo.

El ascensor se había logrado detener, a duras penas, evitando una tragedia aún mayor.

Pero golpear el suelo a esa velocidad de manera tan repentina creaba estragos. Los primeros en recomponerse fueron los que estaban de espaldas contra el techo, sirviendo como amortiguadores contra la aplastante fuerza G inicial, pero los primeros en golpear el suelo fueron los últimos en tener contacto con el techo. También fueron los amortiguadores, pero de un impacto fatal.

El suelo se llenaba de sangre, mientras los supervivientes se recomponen con horror, mirando el viseral panorama y el destino final de muchos de sus compañeros.

—¿Cuántos quedan? –preguntó el mismo hombre que había reprendido a los cotillas.

—Poco más de una docena, capitán.

Esas palabras golpearon en seco a los supervivientes, algunos aliviados después de casi rozar la muerte, otros... Lucían traumados, luego de presenciar tan visceral calamidad. La conmoción perduró, pero si algo estaba claro, es que el tiempo era un lujo del que no disponían. Llorar a los muertos ya no era opción.

Ryjad, quien lucía consternado, miraba el baño de sangre que ensuciaba el suelo y manchaba las paredes de forma irregular con un intenso carmesí, dotando la habitación de una siniestra tonalidad muerta.

Los ojos de Ryjad recorrieron la habitación, en busca de sus compañeros. Se alivió al encontrar a Kaine a salvo, pero algo no estaba bien: miraba hacia el suelo, con repulsión y una necesidad de vomitar mientras se cubría la boca con ambas manos.

Ryjad siguió su mirada, y lo que vio fue algo que era difícil de borrar. Casi pierde el equilibrio, buscando apoyo en las paredes manchadas de sangre.

Handel, sin embargo, yacía tendido en el suelo, con la mirada vacía y una fisura en el cráneo por la cual se filtraba una masa de color rosa y aspecto tumultuoso, con ligeras corrientes de sangre recorriéndola.

Murmuró para sí mismo: «Oh, Dios... Handel».

—No podemos quedarnos. Los que quedan, seguimos —respondió el capitán con firmeza, volviendo a accionar el mismo botón que llevó a la mitad del ascensor a la muerte.

El zumbido eléctrico se reanudó, mientras el ascensor comenzaba nuevamente su ascenso por los peligrosos niveles que lo habían llevado casi al colapso. Las personas murmuraban rezos; el silencio ya no era el mismo, donde antes había preocupación y tensión, ahora solo cabía la más pura y primigenia emoción humana.

El miedo.

La estructura volvió a estremecerse. El déjà vu de una tragedia vivida volvió a azotar a los supervivientes, quienes, marcados por un instinto de supervivencia, se aferraron a las paredes. Incluso el capitán, quien aparentaba estar firme en su decisión, estaba flaqueando ante la posibilidad de volver a caer y esta vez no tener retorno.

Por un instante, todos contuvieron el aire y solo observaron.

Cuando el pitido final anunció la llegada al destino previsto, una bocanada de aire liberador fue exhalada por todos al mismo tiempo.

Las puertas metálicas crujieron y se abrieron lentamente, con la luz y la sangre tiñendo el pasillo del otro lado por una fina apertura.

Del otro lado, una mujer joven con una postura recta y las manos detrás de la espalda sujetando un portapapeles. No lucía perturbada por el caos a su alrededor, hasta que la luz del elevador pintó una franja carmesí en todo su cuerpo. Sus ojos se agrandaron mientras veían la sangre fluir como un río a través de la apertura.

—¿Compañía Charlie? –preguntó atónita.

—Lo que queda de ella —respondió el capitán.

—¿Qué sucedió?

—Larga historia.

La joven solo asintió sin presionar más en su averiguación, y le indicó a lo que quedaba del grupo que la siguieran.

La mujer caminaba con una postura firme, pasos decididos y un semblante serio, aunque perturbado por la tétrica exhibición.

—Atención, la compañía Alfa y Bravo comenzaron su incursión a las instalaciones internas hace aproximadamente media hora —hizo una breve pausa—. Aún no hay reportes de ellos.

—Nos queda menos de un tercio de nuestra compañía —reclamó el capitán.

—Eso ya lo sé, capitán Robert. Complementaremos su grupo con más efectivos de otros pelotones.

Los pasos del grupo menguaron hasta que se acercaron a una recámara de grandes dimensiones. La instalación parecía ser subterránea, por los ductos de ventilación que recorrían el techo y las gruesas columnas que separaban el suelo del techo de hormigón, que a su vez era sostenido por vigas de acero. Además, contaba con lámparas de techo colgando de finos cables, las cuales no dejaban de balancearse y parpadear.

—Tomen sus armas, equipo Charlie —dijo la mujer.

La instalación se separaba por secciones, contando con una gran zona común entre dos compuertas de acero de grado militar, y otras adyacentes como los vestíbulos y el arsenal.

El ajetreo era palpable. Capitanes dictando órdenes, desorden en ejecuciones, y una precipitada desesperación entre los soldados presentes.

Ryjad y Kaine se dirigieron hacia los vestíbulos, moviéndose entre la horda de personas para tomar sus uniformes tácticos oscuros y chalecos antibalas. Luego, fueron conducidos hacia el arsenal, donde las armas se distribuían acorde a las normas de equipamiento militar: un arma principal que consta de un rifle de alto calibre—MP 15—y una pistola 15 milímetros como arma secundaria, además de una docena de cartuchos de balas.

Todos se agruparon en el centro del área común esperando órdenes.

Sobre una mesa se subió el mismo sargento que había solicitado la presencia de Ryjad y Kaine.

—Bien, escúchenme. Tenemos noticias desalentadoras de la compañía Alfa y Bravo. Alfa fue aniquilada por una fuerza hostil desconocida, y Bravo está...

Del otro lado de una de las enormes compuertas de acero se podía escuchar el rugido continuo de las ráfagas de balas tronando en el aire.

—Bravo está aguantando —terminó la frase—. No dejemos que su acto de heroísmo sea en vano. Nos dividiremos en dos segmentos: la compañía Charlie contendrá la amenaza, y el resto subirá hacia la pista y brindará cobertura a la evacuación de los científicos.

El aire rápidamente se llenó de quejas sobre la designación de tareas, que podría considerarse suicida.

—Cálmense. Cualquier objeción es traición y deserción. Cumplan con su deber, ¡son soldados, maldita sea! —hizo una pausa nuevamente y señaló las compuertas traseras—. Resistan 10 minutos y salgan rápidamente de este sitio. Establezcan un perímetro y contengan la amenaza. El capitán Robert tomará el mando de la compañía.

¡¡Vamos!!

No hubo espacio para negarse a una orden directa del sargento.

La compañía Charlie, que contaba con un número considerable de efectivos, creó una guarnición rápidamente, montando dos torretas de punto detrás de muros de sacos de arena. Las órdenes fueron claras: todo lo que estuviera detrás de esas compuertas no debía salir.

Ya en sus posiciones, todas las bocas de armas fueron apuntadas hacia las compuertas delanteras, mientras las compuertas traseras se terminaban de cerrar, llevando consigo al resto de la compañía.

—Nos abrirán, ¿verdad? —preguntó un hombre con un dejo de dudas.

—Eso espero —respondió otro.

Los dedos ansiosos rozaban los finos gatillos. Nadie podía despejar la mirada de las compuertas, mientras el feroz enfrentamiento del otro lado abría paso a miles de escenarios que quedaban suspendidos en el aire o en la mente de los soldados.

Kaine miró a Ryjad con nerviosismo.

—¿Un trabajo más, eh? —suspiró.

—Sí, solo será un trabajo más —pero hubo dudas en esa afirmación.

Kaine dirigió su mirada hacia el capitán y dijo: —Señor, ya sé que habrá que dispararle a todo lo que haya detrás de esas puertas, pero ¿y si son los remanentes del equipo Bravo?

El capitán pareció titubear por instantes, pero se recompuso. Como si supiera algo que los demás aún no comprenden.

—Las órdenes fueron claras: nada debía salir, y nada saldrá...

Kaine tragó saliva ante la frialdad de esa decisión: —Y-ya veo.

De pronto, las luces titilaron.

Hasta que finalmente el suministro energético se cortó espontáneamente con un sonido eléctrico errático el cual sucumbía lentamente hasta desaparecer, sumergiendo la zona común en oscuridad. Hasta que las luces de emergencia puestas en las partes superiores del marco de la compuerta actuaron en consecuencia, brindando algo de energía, pero poca.

Las ráfagas de disparos cesaron.

Era su turno.

Las compuertas emitieron un sonido metálico macabro mientras se replegaban, revelando un espacio aún más oscuro y desolado.

Todos encendieron sus linternas, pero era insuficiente para atravesar el espesor de la penumbra.

Hhhrrr… aaaahhh…

Se escucharon pasos lentos y pesados provenir de la oscuridad.

Grrrrrhhh… aaaaargh…

De entre la oscuridad emergió una figura aparentemente humana, pero esta era... extraña. Su forma de caminar parecía herida, vacilante, mientras su cuerpo se retorcía agónicamente.

Era demencial.

—¡Alto ahí! ¡Le dije que se detenga! ¡Alto o abriremos fuego!

Cuando aquella sombra salió completamente de la oscuridad, su aspecto moribundo y lleno de heridas de aspecto mortal dejó en vilo un espeluznante sentimiento.

Parecía moverse más por impulso que por conciencia propia. Sus ojos casi blancos rodaron lentamente, revelando sus pupilas inyectadas en sangre y agitadas de manera frenética.

—RAAAARGH!!

La criatura cargó contra la compañía Charlie, pero una contundente ráfaga de disparos la abatió.

—¡¿Qué demonios era eso?!

De la oscuridad se escucharon pasos acelerados, seguidos de rugidos y gimoteos.

—GRAAAAHH!! HHHHSSSS!! aa…aah…

—¡¡Apunten!!

Todos sostuvieron sus armas firmes.

– ¡Listos! —Robert alzó la mano, esperando el momento perfecto para dar la última orden.

Todos mantuvieron firmes los dedos en los gatillos, esperando ansiosamente lo que estaba por venir. El infierno que se desataría sobre ellos.

Múltiples figuras emergieron a gran velocidad de la oscuridad, cargando contra los soldados atrincherados.

Robert dejó caer la mano: —¡Fuego!

El aire se llenó de plomo y el rugido de las balas, mientras la estela y el brillo de las trayectorias de los proyectiles brindaban el único consuelo ante la oscuridad que los devoraba.

Múltiples figuras fueron abatidas, pero por cada una de ellas que caía al suelo con un golpe sordo, tres más emergían desde la oscuridad.

El olor a pólvora inunda las fosas nasales de los soldados, haciendo lagrimear sus cavidades oculares.

El tintineo de los casquillos rebotando contra el suelo retumbaba, seguido del constante sonido de recarga.

Pero eran implacables. Las torretas hicieron su mejor esfuerzo, pero eran sobrepasadas cada vez que recargaban.

La línea defensiva retrocedía y se reposicionan cada segundo, haciendo una infernal e interminable espera para conseguir un par de minutos más.

Hasta que el ataque fue abrumador.

Las líneas delanteras cayeron.

Las criaturas se abalanzaron sobre ellos y comenzaron a devorarlos vivos, mientras los gritos desgarradores de sus compañeros hacían titubear al resto.

Sobrepasados. Los siguientes fueron los operadores de las torres; ahora estaban en defensa, la línea se rompió y cada uno intentó resistir en pequeñas formaciones. Cuando el caos se apoderó del lugar, Ryjad buscó con la mirada al capitán, esperando órdenes.

Pero el capitán yacía tendido en el piso, mientras un ser abominable despedazaba su cuello, dejando un charco de sangre a su paso.

—¡¡Mierda!! —exclamó Ryjad.

—¡¿Ahora qué?!

Él y Kaine comenzaron a retroceder lentamente, pero no había final: la compuerta seguía cerrada. ¿Y si los abandonaron como carnada?

De pronto.

Las luces de emergencia de la puerta se encendieron, seguidas del crujido y el alzamiento del enorme cuerpo metálico.

¡Era su oportunidad!

***

La oscuridad de la noche se cernía siniestramente sobre las instalaciones militares, dejando un lienzo oscuro de fondo que parecía devorarlo todo con cada instante y con cada nuevo sector que perdía sus luces.

En una extensa pista de aterrizaje penumbrosa se podía observar la silueta de varios aviones despegando hasta ser devorados por la negrura del cielo, excepto un avión de transporte militar que esperaba pacientemente en la pista, con su compuerta trasera desplegada formando una rampa, y los motores y hélices a plena potencia, listos para partir.

Ahí estaba la figura del sargento, manteniéndose firme mientras se sostenía de un agarre cerca de la compuerta. Su mirada se dirigía hacia el relieve que llevaba al subsuelo de la base.

Sin ninguna esperanza aparente, iba a ordenar la retirada, hasta que dos figuras emergieron corriendo a toda velocidad.

Les hizo un gesto a los pilotos para que se detuvieran.

—Un momento.

—¿Solo quedaron ellos dos? —preguntó otro soldado sentado en su silla y con el cinturón de seguridad puesto.

El sargento logró discernir el contorno de una gran horda quemándole los pasos a Ryjad y Kaine.

—¡¿Qué es eso?! —gritó el mismo soldado.

Uno de los pilotos giró la cabeza sobre su asiento y observó la persecución. Entrando en pánico, preparó los motores y empezó a arrancar, poniendo distancia entre los dos soldados en peligro y el avión.

—¡¡Esperen!! —gritaron ambos al unísono mientras corrían con todas sus fuerzas para alcanzar el avión.

—¡Sargento! —gritó uno de los pilotos—. Nos estamos acercando a la barda perimetral, necesito despegar.

—¡Un momento!

—Señor, si nos quedamos a esperar a esos dos comprometemos a toda la tripulación. ¡No quiero morir, señor!

El peso de la elección ahora reposaba sobre los cansados hombros del experimentado militar, quien estaba en un conflicto por no querer dejar a nadie más atrás, pero sin dudas estaba arriesgando a muchas más personas por solo dos hombres.

Pero ellos también eran dos de sus mejores elementos.

—Agh... –giró la cabeza hacia el piloto—. Despega.

El piloto asintió, sentenciando el destino de Ryjad y Kaine.

La nariz de la aeronave comenzó a alzarse, mientras las compuertas se replegaban.

—¡¿Qué hacen?! —exigió Ryjad—. ¡Joder!

Corrieron, pero no alcanzaron.

Ryjad compartió una última mirada fulminante con aquel hombre que tanto le había enseñado, mientras el filo de la compuerta hacía desaparecer su silueta detrás de él.

Ambos soldados se derrumbaron en la pista de asfalto, observando cómo la aeronave despegaba hasta desaparecer en el cielo oscuro, dejándolos solos a su suerte.

Ryjad golpeó el asfalto frustrado.

—¡Cabrones!

—Hey, Ry —Kaine llamó su atención, señalándole la horda que se aproximaba implacablemente hacia ellos.

Ryjad se puso de pie y le ofreció una mano a su amigo para recomponerse, tomó su arma con una furia y determinación ardiendo en su mirada.

Y murmuró:

«Ahhh... Qué nos entierren con las botas puestas, entonces».

You Might Also Like

Based on genre and tags