La noche se cernía sobre la ciudad, sumiéndose en una oscuridad momentánea. Hasta que los faros de esperanza, alegría y diversión sin frenos se alzaron en distintos puntos. Luces vistosas y vibrantes irrumpieron en la penumbra de la noche, imponiéndose con osadía al cegador manto nocturno. Aquí, las noches de viernes son donde la ciudad verdaderamente brilla y deslumbra más allá de lo cotidiano.
Los últimos días de una semana y el primero de dos días de descanso continuo se celebran a todo dar, incluso si eso termina provocando un accidente fatal. Por ello es el día negro a pesar de su llamativa presentación; el día donde los hospitales se congestionan, las sirenas de los paramédicos recorren la ciudad entre las avalanchas de personas, y los puestos de vigilancia de la policía local no descansan.
El goce de algunos, de una u otra manera, será el martirio de otros.
Y entre uno de esos sitios de desfachatez irracional y sin medidas está el distrito comercial norte de Samsa. Un enorme y concurrido sector urbano, intercalado en el centro de la ciudad, rodeado de rascacielos de cristal con grandes carteles publicitarios luminosos e intrusivos para la vista.
Donde el vacío se llenaba de risas y murmullos espontáneos que, al mezclarse, formaban una cacofonía ebria.
Calles plagadas de establecimientos de todo tipo: con letreros radiantes colgando en el exterior, entradas gloriosas y fachadas únicas, sin dejar espacio a la repetición. Mientras en las puertas se asentaban porteras encantadoras promocionando incansablemente las mejores ofertas para aumentar el atractivo de sus negocios frente a sus competidores de la misma calle.
Después de todo, era un sitio turístico emblemático, y uno de los principales puntos de interés de la ciudad entre los extranjeros.
Y, aunque suene increíble, también es un lugar en el que, si te fijas bien, puedes percibir la competitividad plasmada en la arquitectura y en el servicio.
Pero más allá de las calles concurridas, fuera de la vista de todo el público, incluso los lugares más insólitos también se llenaban de vida. Callejones sinuosos, estrechos y congestionados de personas, abarrotados de comercios minoristas; pequeños negocios que cubrían cada lateral de los callejones, sin dejar un solo espacio sin ocupar. Entre ellos estaban los famosos puestos de comida: el olor a carne impregnaba el aire, mientras el crujido de las freidoras era un deleite insalubre para los oídos. Los comensales gritaban órdenes y preparaban sus exquisitos platillos con maestría.
Estos lugares apartados también eran el principal centro del flujo de negocios ilícitos, los cuales se escondían tras las fachadas de comercios ordinarios. No era fácil acceder a ellos, y era imposible que atendieran a extranjeros. Después de todo, usan carteles colgantes con una regla estricta de entrada escrita en inglés: «no se aceptan extranjeros».
Adentrándose más en aquellos sitios, la luz neutra de los comercios irregulares era reemplazada por la presencia de un espectro neón enigmático. Los estrechos callejones se oscurecían gradualmente y se volvían tan cerrados que solo eras tú y un montón de miradas acosadoras provenientes de todas direcciones, pero a la vez de ningún lado. Ahí se centraban los bares de mala muerte.
Después de todo, Samsa era una jungla de concreto y tableros de neón, disfrazada con espectáculos de luces que hacían divagar la atención de los crédulos visitantes. Por ello, los locales evitaron sitios turísticos con frecuencia, o aquellos que iban solo tenían intenciones maliciosas.
Una "joya" de la arquitectura densa contemporánea. Aunque no dejaba de ser aberrante a pesar de su atractivo visual.
La mirada monótona de Ryan se desplazaba entre los cristales de los locales, con el aburrimiento de alguien que ya ha visitado este sitio miles de veces, y sin embargo, estaba ahí una vez más.
Miró hacia el frente. En instantes sus ojos fueron abrumados por las capas de luz superpuestas unas sobre otras que se multiplicaban en sí mismas hasta el infinito. Cada letrero flotando detrás del otro, derramando colores y mezclas —rosas que se vuelven púrpura, azules que sangran turquesa— mientras que la silueta de las letras se volvía cada vez más borrosa. Como fantasmas intermitentes que se perdían tras un túnel luminoso e hipnotizante, los cuales proyectaban sombras de colores en sus ojos, haciéndolos lucir expresivos más allá de la cuenta.
Entrecerró los ojos con extrañeza y murmuró:
«Oye, ¿tú también notas las luces algo extrañas? Como si fueran espejos mal colocados que se extienden sin fin en siluetas luminosas y letras difusas».
—Genial, ya te volviste loco —murmuró Andrey.
—A lo mejor tienes razón. Solo es idea mía —pasó ambas manos por su rostro, como si el problema fuera la falta de sueño.
Evitó volver a alzar la mirada y solo se concentró en el grupo que caminaba frente a ellos, liderando el camino. Hasta que su teléfono móvil resonó y tembló en su bolsillo izquierdo con una llamada entrante. No estaba tan seguro de sacarlo en la calle, así que lo dejó pasar. Pero pronto la llamada se volvía cada vez más insistente, esa insistencia que se podía percibir casi como una preocupación solo apuntaba hacia una persona.
Sacó rápidamente su teléfono, se inclinó un poco y lo colocó a un costado de su cabeza: «¿Aló? ¿Mamá?».
—Ay, mira, qué adorable. Lo llama mami —se burló el grupo que iba al frente.
Ryan hizo caso omiso a las burlas y continuó con su charla telefónica. Asintiendo varias veces con la cabeza para sí mismo, mientras decía repetidamente bien, y claro, sin decirle con quién se estaba juntando.
—Regresaré tarde. Chao, te quiero —lanzó un beso al aire, lo suficiente para que su mamá escuchara, y luego colgó la llamada.
—¿Aún le pides permiso a tu madre para salir solo por tu cuenta? —el chico alto y de aspecto intimidante le preguntó mientras lo miraba por encima del hombro.
—Uhm... Sí, ¿por qué? —Ryan ladeó la cabeza fingiendo inocencia—. A diferencia de todos ustedes, mi familia sí se preocupa por mí.
El hombre se detuvo en seco, dejando que el grupo siguiera sin él. Todos, previendo el conflicto, también fueron ralentizando sus pasos, y giraron sus cuerpos o solo sus cabezas para observar la escena; algunos con sorpresa, otros hasta ansiosos.
El chico alto no perdió tiempo y acorraló a Ryan contra un muro, presionando su cuerpo contra el del chico más bajo impidiéndole moverse o escapar. De repente, lo tomó por el cuello de su camisa y lo alzó ligeramente, mientras su mirada casi flamante lo penetraba, como si pudiera ver su alma a través de sus ojos.
Ryan, acostumbrado a lidiar con todo tipo de abusivos, solo se encogió de hombros y respondió con altanería:
«Los que escuchaste. ¿O acaso tus padres te educaron tan mal que apenas puedes prestarle atención a las personas sin distraerte?».
El grupo detrás del chico se desinfló en carcajadas, dejándolo más en ridículo. Pero este no se inmutó; su mirada pesada y amenazante seguía puesta en Ryan. Repentinamente alzó la mano y cerró el puño, insinuando una brutal paliza. Hasta que Andrey intervino a favor de Ryan.
—Espera, espera, Daemon, a este sujeto solo le encanta bromear. Siempre es así —reía nerviosamente con las manos puestas sobre el brazo de Daemon.
—Que actúe de esa forma contigo no significa que pueda hacer lo mismo conmigo.
Andrey se alarmó por las palabras de Daemon. Y cuando parecía que iba a ejecutar su golpe, repentinamente empujó a Andrey lo suficiente como para que se alejara unos pasos, luego se apartó de Ryan y puso su brazo alrededor de su hombro para atraerlo hacia sí mismo.
—Me encantan las agallas que tiene este tipo. No se dejó amedrentar por alguien más grande —Daemon sostuvo a Ryan por el hombro con una inesperada camaradería y al mismo tiempo se reía de manera hilarante—. Estás loco, hombre. Vamos, Andrey, ya me conoces, a mí también me encantan las bromas.
Daemon jaló a Ryan para hacerlo caminar a su lado mientras se seguía riendo como si le hubieran contado el mejor chiste de su vida.
Ryan parecía incómodo con ese cambio espontáneo de actitud, y con la cercanía que estaba tomando Daemon. Pero eso era mejor que cualquier paliza.
Andrey los observó desde atrás, luego soltó un largo y profundo suspiro aliviado. Al parecer también tenía miedo de enfrentarse cara a cara con un mastodonte como Daemon. No perdió más tiempo y los siguió de cerca, observando con cautela a Daemon para rectificar que en realidad no tuviera segundas intenciones e intentara darle un golpe bajo a Ryan mientras estuviera distraído.
Después de un tiempo caminando, llegaron a un cruce peatonal de cuatro carriles masivo, y en la esquina, sobresaliendo, se cruzaron con lo que al parecer era una enorme entrada a un centro comercial bastante peculiar.
Todos observaron desde el hormigón de la acera el enorme arco ornamentado que funcionaba como entrada. Era un umbral Paifang, rojo y sostenido por pilares lustrosos, con tres estructuras en forma de triángulo huecos en la cúspide del arco, sosteniendo farolas de seda oscura con símbolos grabados en oro.
En lo penúltimo, unas gigantes letras tipográficas estampadas dentro de un marco cuadrado oscuro. Con caracteres logográficos fluorescentes que decía: **Barrio Hyaku**.
En el sitio, la estructura se dividía en tres pisos con barandales de cristal cada uno, dando al exterior como si la fachada no existiera, o como si desnudar la parte frontal del edificio dejando un espacio vacío en el centro fuera la propia fachada. El barrio de Hyaku se extendía hasta el interior como un inmenso pasillo, complementado por comercios con estética oriental, dando esa impresión de estar entrando en un auténtico barrio chino y no en un espacio cerrado.
—Guau... —espetaron las chicas sorprendidas.
En la plaza central del barrio Hyaku se aglomeraba mucha gente. Festejando como si la vida se fuera a acabar mañana, con música alta saliendo de todas direcciones.
—¡Maravilloso! —exclamó Riadumi, la novia de Andrey—. Andrey, cariño, tómame una foto aquí.
Se paró justo en la entrada, estorbando el tránsito de personas que entraban y salían sin importarle mucho. Hizo su mejor pose glamurosa, mientras Andrey le tomaba varias fotos.
—Genial, ¿ahora nos detuvimos para complacer a tu novia? —se quejó Ryan.
—Solo un momento —dijo Andrey.
Miraba con recelo al perro faldero de Andrey complaciendo a su novia. Hasta que alguien le tocó el hombro; al girar la cabeza fue recibido por un sorpresivo grito.
—¡BIENVENIDOS!
Ryan se apartó espantado de la mujer que le había gritado casi en la oreja.
—¡¿Pero qué te pasa, loca?!
La chica lucía un vestido demasiado provocador, completado con una falda y un peinado de rizos definidos que, en conjunto con todo su atuendo, buscaba llamar la atención. Junto a ella traía una pila de volantes. Luego le extendió uno a Ryan con una gran sonrisa.
—¡Oh! Lo siento, es que como vi que estaban atravesados en toda la entrada, supuse que les encantaría volverse clientes —su sonrisa crispada no se esforzaba en ocultar su irritación.
Los estaba llamando estorbo de una forma pasivo-agresiva. Tal vez lo mejor era alejarse. Pero de pronto otras de sus compañeras con vestidos similares se acercaron y comenzaron a repartir volantes en el grupo.
—¿Pues qué tienen estas cosas? —plegó el volante para observar el contenido—. ¿Dos chicas por el precio de... una?
Ryan frunció el ceño y alzó la mirada confundido.
Una de las compañeras de la gritona se acercó para aclarar las dudas. Ella era menos intensa y con un aspecto mucho más adorable y calmado.
—Sí, señor. Es una oferta especial solo por el día de hoy. Tenemos una gran diversidad de-
Fue interrumpida abruptamente por Ryan.
—Me estás diciendo que esto... ¿es un enorme burdel?
La chica intensa volvió a hablar: —¡Pero no cualquier burdel, el mejor de la ciudad! ¡Absolutamente todo el mundo en Samsa debería conocerlo alguna vez! —cerró ambos puños frente a su rostro entusiasmada.
—Tal vez no te hayas dado cuenta, pero... —señaló su uniforme—. Somos menores de edad.
—¡Bah! ¿Qué importa? Aquí no cuestionamos —hizo una breve pausa y luego señaló al gentío festejando—. Pero si buscan algo más tranquilo, también hay bares adentro. Samsa no es para niñatos, ¿sabes?
—Bueno, en eso tienes razón.
Andrey se entrometió con mucha energía.
—¡¿Acabo de escuchar dos por uno?! —le dio una palmada dolorosa a Ryan en la espalda—. ¿Qué esperas? Esas señoritas nos están esperando.
Antes de dar un paso al frente, fue detenido bruscamente por un jalón en la manga de su abrigo por parte de Riadumi, quien lucía molesta.
—No —fue una negación clara y contundente, lo suficientemente aterradora como para estremecer a más de uno.
Andrey forzó una sonrisa conteniendo su nerviosismo y asintió varias veces de forma sumisa.
—S-solo bromeaba, cariñito —volvió a darle unas palmadas en el hombro a Ryan—. Lo siento, amigo, creo que esta vez no se podrá.
Ryan rápidamente apartó la mano de Andrey de su hombro y le dirigió una mirada de disgusto por encima del hombro.
—¿Y por qué lo dices como si yo te hubiera incitado?
Buscó con la mirada al grupo que hacía un momento los estaba acompañando, quienes desaparecieron repentinamente, hasta que los miró al otro lado del cruce peatonal, sin haberse percatado en ningún momento de cuándo se habían alejado.
—¿Cómo llegaron hasta allá? —preguntó Ryan.
A la distancia podía ver a Daemon agitándole la mano para que se apresuraran.
—Vámonos ya, se nos hará más tarde —antes de que Ryan pudiera dar un solo paso fue retenido por el brazo—. ¿Ahora qué quieres?
—¿Qué quiero? ¡¿Qué quiero?! Me deben una por estorbar.
Ryan solo rodó los ojos exasperado, sin poder creer que estaba siendo retenido en contra de su voluntad por una mujer mucho más pequeña que él. Luego sacó su billetera y le entregó un billete color café avellana con el símbolo «50» marcado.
«Ten».
—¿Ahora intentan sobornar a la ley? Oh... Estás metido en muchos problemas, niño.
—¿De qué ha-? —se detuvo a media palabra y volvió a sacar otro billete. Era azul con el símbolo «100»—. Ahora toma y cierra el pico.
La pequeña muchacha intensa jaló el billete de su mano de un tirón y comenzó a analizar su veracidad con destreza. Luego sonrió de forma satisfecha y le dio el visto bueno a Ryan con un: —Un placer haber negociado.
Y así se fue a repartir más volantes con su séquito.
—Embaucadora —musitó Ryan a sus espaldas—. Bueno, mejor sigamos, antes de que comience a llorar por haber perdido ese billete.
—Lo siento, fue mi culpa —se disculpó Andrey.
Podría decirse que era culpa de su novia realmente. Pero no podía culparlo, después de todo esa arpía lo tenía bailando en la palma de su mano.
Los tres finalmente se unieron al resto del grupo y, una vez más, siguieron su camino para llegar de una vez por todas a su destino.
De camino, Riadumi se acercó a Ryan cautelosamente. Luego le susurró al oído: —¿Ves a esa chica que parece perdida en su teléfono?
Señaló con la uña pintada de su dedo a una chica distraída, de apariencia bastante glamurosa, aunque no era tan exagerado como Riadumi. Esta mujer podía presumir de una belleza más natural sin tantos maquillajes, con su cabello atado en dos coletas altas y voluminosas. Con una coloración de cabello bastante elaborada: un café castaño con una capa interna de sombra fantasma azul turquesa, que creaba un efecto visual impresionante a simple vista.
Pero su vestimenta daba que desear y reflejaba con exactitud su naturaleza. Falda corta, exponiendo mucho las medias negras que utilizaba, y, por si fuera poco, el abrigo café lo tendría atado a la cintura. Mientras que su corbata estaría aflojada.
Ryan, al ver su apariencia, no podía evitar esbozar una sonrisa al imaginar las reprimendas que ya ha recibido esa chica por parte de Yuromi.
—¿Qué sucede con ella?
—Está interesada en ti... —dijo Riadumi con una sonrisa cómplice.
—Ajá, te creo, eh. Parece que está más enamorada de ese teléfono que de cualquier otro ser humano en la tierra.
—No, no, no, te lo juro. Solo dale tiempo, es algo tímida.
Tímida no sería la definición exacta que describiría a una persona que no tendría ni una pizca de vergüenza para romper las normas escolares. Y, de cierta manera, en eso era tan parecida a Ryan, como si viera su propia despreocupación en un espejo, un espejo con falda.
—Debo admitir que ese cuerpo en forma de reloj es bastante atractivo —le guiñó el ojo a Riadumi.
—¡Espabila!
¡Plass!
Ryan recibió un zape en toda la cabeza.
—¡¿Y eso por qué?!
Riadumi fingió desentendimiento y se adelantó unos pasos a Ryan sin dirigirle la mirada, con ese aire de suficiencia que la caracterizaba a la hora de ignorar.
«Al menos ya se fue», dijo para sus adentros.
El grupo se detuvo frente a un edificio en particular.
Era grande, al menos de once pisos. Con una fachada que daba esa sensación de estar adentrándose en una galería de arte moderno. Blanco, inmaculado, con una superficie irregular que se definía con una forma abstracta; conectados mediante placas, y entre las divisiones de esas placas brillaban focos LED de múltiples colores.
—¿Es aquí?
—Sí. Es nuevo —respondió Andrey mientras miraba hacia la cima del edificio.
—¿Y esto es un karaoke?
—Es un poco de todo, realmente —dio un paso al frente para caminar hacia la entrada—. Bueno, no nos vamos a quedar aquí afuera esperando la foto de bienvenida.
Se giró hacia el grupo con una gran sonrisa y afirmó con seguridad:
"Prepárense, porque sus tímpanos serán deleitados con la calidez de mi angelical voz".